viernes, 17 de noviembre de 2017

Cien: (La Nueva) Paternidad

Cuando comencé a escribir bajo el rótulo de Papá en Rodaje (hace más de 6 años), lo hice desde la más absoluta convicción de que el camino hacia convertirme en padre consistía en un aprendizaje sin fin. El tiempo me sigue confirmando aquello, poniéndome a prueba cada día, con desafíos de diversa magnitud y características cambiantes.

Aprendo y busco aprender de manera consistente sobre esas ideas que en algún momento levanté desde el sentido común: desde la lógica de un hombre que entiende la PATERNIDAD como una forma de vida, y también desde el prisma de un hijo que admira –todavía- muchos aspectos del estilo de mi propio papá (quien casualmente, hoy cumple un año más. Te quiero, viejo).

Sin saber sobre Igualdad de Género, quise instalar ideas frescas en el mundo de las masculinidades; derribar mitos; romper con ciertos moldes que se han ido traspasando con demasiada precisión entre generaciones. En ese esfuerzo seguiré hasta que me quede suficiente energía, pues quedan muchos pasos por avanzar hacia una crianza equilibrada, en que la corresponsabilidad de madres y padres se vuelva una realidad.

Lo dije en columnas, en entrevistas, en libros: “los hombres no somos ayudantes, somos pares”. En Chile, sin embargo, resta mucho para tomar conciencia de esa paridad. Casi la totalidad de mujeres que trabajan de forma remunerada deben tomar en consideración que la sociedad las considera las primeras responsables de los niños e, incluso, de los familiares enfermos y dependientes.

“¿Y tu señora no puede llevarlo al médico?”, le pregunta un jefe cada día a un colaborador hombre que desea permiso para llevar a su hijo a un control. “¿No los baña tu señora?”, le dice un amigo a otro que le cuenta que está apurado por llegar a su casa para estar con sus hijos. Hemos normalizado –y lo seguimos haciendo- los roles a tal punto que hay mujeres que asumen un alto nivel de carga personal porque están convencidas “que lo hacen mejor con los niños”.

Y tenemos, por supuesto, un alto porcentaje de hombres que aprovechan de manera egoísta este escenario. Lo hacen aquellos casados o en pareja, como también aquellos divorciados o solteros con hijos pequeños. “Lo vi la semana pasada…”, piensa en algún lugar un papá separado, mientras deshace un compromiso con su pequeño, para privilegiar algún espacio personal, tan legítimo como reagendable.

¿Estamos los hombres a la altura de lo que la paternidad nos pide? ¿Lo hemos estado históricamente, acaso? Niñas y niños esperan de nosotros un nivel de cariño y atención alto y permanente, tal como el que les entregan sus madres (o al menos, la gran mayoría de ellas).

Somos y podemos ser más que solo una presencia de autoridad: podemos jugar a la pelota y las muñecas; podemos leer cuentos y arropar por la noche; podemos pasear de la mano y reírnos de las cosas simples; podemos dar respuestas a las cientos de preguntas de cada día; podemos cocinar (o pedir) la comida más exquisita, por el solo gusto de compartirla…

Estoy claro de que cambiar no es sencillo.Pero les puedo adelantar que “querer cambiar” sí lo es. Pasa por hacerse consciente, cada vez que podamos, de la posición de privilegio en que hemos estado, por el solo hecho de ser hombres y haber sido criados en un contexto en que nuestras madres eran nuestro mundo y respondían a todas nuestras solicitudes. Justo es entender que todo lo que ellas hacen, podemos hacerlo también.


El mundo cambió, es hora de que nosotros también lo hagamos, comprendiendo y valorando la experiencia de ser padres. Y todavía más que eso: las responsabilidades que conlleva el rol, desde que vemos nacer a nuestros hijos, hasta que dejamos este mundo, idealmente, antes que ellos.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Noventa y Nueve: Educar para la Igualdad de Género

Estarán de acuerdo conmigo en describir a nuestra sociedad chilena -como la mayoría de las de occidente- como una sociedad construida desde la lógica patriarcal. Una estructura según la cual, las mujeres históricamente han debido nadar río arriba, contra una corriente que en ciertas épocas ha sido casi irremontable.

Hoy, mucho más que antes, la mayoría coincidimos -y somos conscientes- de que se trata de un paisaje que nos gustaría cambiar. Y no por razones antojadizas, sino porque estamos construyendo una convicción colectiva sobre las injusticias que trae consigo, en diversos ámbitos de la vida, la situación desmedrada de la mujer.

Estamos siendo más cuidadosos que antes. Y aunque algunos, de vez en cuando, reclamen que se exagera; que ciertas mujeres se han vuelto demasiado radicales ("feminazis", les llaman en ocasiones, para menospreciar su posición); que hay cosas sobre las cuales no debiéramos cuestionarnos; que hay "chistes" que no tienen por qué molestar...La sensación final, es que los pequeños pasos dados, han sido consistentemente hacia adelante.

Nos falta mucho, sin duda. Pero sabemos que los cambios culturales profundos se dan de manera lenta, no se logran de un año a otro. Ni siquiera, de una década a otra. Muchas veces, se van construyendo desde los detalles; desde el espacio personal: como en esa antigua historia de inspiración sobre los albañiles en pleno trabajo, en que uno solamente ve una pared y su compañero es capaz de pensar en la catedral de la que será parte.

¿Desde dónde empezamos a hacer nuestro aporte para un cambio hacia la equidad, entonces? Mi humilde opinión de hombre, es que desde lo cotidiano: modificando -para mejor- nuestras maneras de abordar aquello que hasta acá, había sido invisible: el privilegio de nacer "varón", en una sociedad en que esa situación fortuita, facilita tanto las cosas.

Como padre, el cambio comienza desde la convicción sobre el rol transformador del mundo que le cabe a nuestros hijos. Su educación, en ese sentido, es clave para que en el mediano plazo las mujeres puedan tener las oportunidades, el trato y los sueños que merecen como personas habitantes de este mundo y participantes activas de la sociedad.

¿Suena obvio? La realidad se ha encargado de demostrar que nada es tan evidente en temas de género. Que seguimos repitiendo acciones y omisiones de nuestros padres y abuelos, algunas veces sin darnos cuenta. Otras, de una forma torpemente consciente. Que vivimos una época de riesgos latentes de retroceso cultural, siendo la muestra palpable el gran poder del reggaeton como herramienta de comunicación masiva de un mensaje de menoscabo hacia la mujer. Mientras las personas minimizan la gravedad, por ejemplo, de que la mayoría de las fiestas de cumpleaños infantiles lo tengan como música de fondo...

En tiempos de la llamada "posverdad", viene siendo oportuno creer y convencerse definitivamente acerca de la capacidad del lenguaje para ir construyendo y transformando las realidades en que nos desenvolvemos. Somos y vamos siendo, aquello que expresamos en nuestras conversaciones de todo tipo.

Los hombres de estos años somos esa charla espontánea del metro y aquella al costado de una parrilla, mientras se cocina el asado. Somos ese chiste sexista en la oficina, como también ese chat de ex compañeros del colegio/ trabajo en el que se comparten megas y megas de pornografía, sin que nos detengamos a pensar demasiado bajo que lógica funciona dicho intercambio. Somos el cántico absurdo de una barra, referenciando al sexo como sometimiento o al rival en términos de lo femenino...y también somos los que nos levantamos a fumar un cigarrillo luego del almuerzo familiar, en vez de hacerlo para lavar los platos sucios...

¿Estamos pensando en quiénes queremos ser como hombres y padres? O mejor aún, ¿estamos pensando en cómo queremos que sean nuestros hijos o hijas? Estamos bastante a tiempo para actuar, para rectificar y para sentirnos satisfechos del modelo que nuestros niños están mirando. Y no por aquel repetido y vago argumento de que tenemos hermanas, parejas, o mamás, sino porque cuando hablamos de mujer, hablamos de un otro con los mismos derechos que convertimos histórica -e injustamente- en exclusivos.








miércoles, 9 de agosto de 2017

Noventa y Ocho: Pastelero a tus Pasteles

Nos hemos puesto soberbios. ¿Será la época que vivimos, será el contexto en que crecimos? ¿Será que el acceso a tanta información, todo el tiempo, nos hace creer que somos algo que no somos?
Lo cierto es que los papás de hoy nos ufanamos de saber mucho sobre todo. Y en la práctica, sabemos muy poco, y apenas sobre cosas contadas con los dedos de las manos. Aprendemos, sin duda, de manera vertiginosa, pero estamos lejos de ser capaces de dar lecciones, o convertirnos en guías para otros padres.

En lo cotidiano, no somos conscientes de nuestras incompetencias. Y más aún, estamos invadiendo el terreno de quienes saben, se dedican profesionalmente a una actividad y lo llevan haciendo por mucho tiempo. Como los profesores.

¿Qué pasó desde que éramos nosotros los alumnos, y el espacio educativo era respetado y observado con admiración por nuestros padres? ¿Por qué creemos que podemos influir o interferir con lo que ocurre en los salones de clases en que están nuestros hijos?

No se trata de un fenómeno nuevo, sino la confirmación de algo que ya se venía atisbando en los últimos años. Hoy lo que estamos viviendo es una crisis (siempre pensando en ese concepto como una posibilidad de cambio), de la que ni una parte, ni la otra, nos hemos hecho cargo de manera plena.

La película que vieron; la manera en que se han tratado ciertos temas; las dinámicas para el aprendizaje: todo es susceptible de cuestionamiento por parte de los padres y/o apoderados, a través de grupos de Whatsapp en los que cada vez se resuelve menos lo urgente, y se abordan mucho más temas vinculados a los contenidos y la docencia misma. Y son grupos en los que, a veces, han logrado incluir al (la) profesor (a).

¿Dónde está el límite de ambos mundos? No existe uno que esté rigurosamente señalado. Más bien son las mismas personas las que vamos acordando una manera de relacionarnos, para beneficio mutuo. Es esa dinámica social la que hace crisis hoy, al reconocer la incomodidad de los maestros en un rol cada vez más “fiscalizado” y menos valorado; y por otro lado, padres desatados, creyendo que “estar cerca de los niños” significa meterle presión a los profesores por las vías disponibles, de manera que no se les exija demasiado; que se les enseñe de una forma o se les evalúe de otra.

En Chile, gran síntoma de aquello fue el desaparecido movimiento “La Tarea es Sin Tareas”, que bajo eslóganes que apuntaban a una preocupación por el tiempo libre de los niños, lograron instalar un tema en la opinión pública, con escaso sustento académico real, más allá de la experiencia de países del primer mundo. Pasado el boom, y logrado el objetivo en la comuna de Las Condes, dicho grupo de padres archivó su motivación, su nombre y su energía, para volver a lo propio.

Sigo esperando que, como padres, nos miremos al espejo de manera crítica, reconozcamos los errores cometidos hasta acá y nos pongamos manos a la obra en lo que debiese ser nuestro rol natural, como apoyo a la labor abnegada y única que realizan los docentes, para los aprendizajes de nuestras criaturas.


Sigo esperando que un grupo de padres se una bajo causas del tipo “¿Cómo le ayudo, profe?”; “Por la educación de nuestros hijos”; “Llegamos temprano a casa, para crecer junto a nuestros niños”, y otras tantas en las que nosotros debemos asumir el protagonismo. ¿De veras nos cuesta tanto?