martes, 12 de junio de 2018

Ciento Once: TIEMPO DE SER PADRES


He estado algo desaparecido de este lugar y tiene que ver con una cuestión bien concreta: prioridades. Desde hace dos semanas, estoy algo así como “al mando del buque”, con dos mellizos de 6 meses, mientras la Andrea ha debido volver –dolorosamente- a su trabajo remunerado y mi hijo mayor pasa ¾ partes del día en su colegio.

Hoy trabajo por proyectos, lo que me permite administrar mis tiempos, de manera de asegurar que los dos pequeños estén en las manos más seguras posible (que no sean las de su madre, por cierto). Y aquí estoy, como siempre, en permanente RODAJE…Aprendiendo y desaprendiendo, porque en 9 años (la edad de Darío), las cosas cambiaron bastante. Eso, mientras hago el esfuerzo por compatibilizar familia y trabajo..¿Les suena conocido?

En alguno de los lapsos de siesta de los muchachos, abocado a mis labores remotas desde el computador, suelo poner películas que ya he visto, las cuales me mantienen despierto y conectado con la realidad (el riesgo de “apagarme”, está latente siempre, dado el cansancio). Una de mis recurrentes, desde hace años, es “Náufrago”, y vaya que me ha vuelto a hacer sentido su historia. Y cómo me han emocionado, nuevamente, sus diálogos.

El filme protagonizado por Tom Hanks es tantísimo más que una lucha inspiradora y maravillosa por la supervivencia. Es una película sobre aquello que, de una u otra manera, he venido abordando en los párrafos anteriores: la gestión de NUESTRO TIEMPO.

Dice Chuck Noland (el personaje de Hanks), arengando a su cuadrilla de Fed Ex en Moscú: “No nos permitamos el lujo de perder la noción del tiempo”. Lo dice, pensando en los resultados de la empresa a la que representa y en base al compromiso que siente por su trabajo. Lo que Chuck ha olvidado, a esas alturas de su vida, es que no solo pierde tiempo quien demora más o menos, en relación a un inclemente reloj. También perdemos valioso tiempo cuando no elegimos conscientemente aquello que va primero en nuestras vidas.
Porque priorizar es ordenar en nuestra cabeza y corazón, la cronología en la que queremos se desarrolle nuestro futuro inmediato. Y la combinación de ambas fuentes suele dejarnos en permanentes disyuntivas, que preferimos eludir. Claro, tomar decisiones desde la pasión podría dejarnos aislados de lo concreto. Y al revés, el exceso de racionalidad le resta toda emoción a lo que vinimos a buscar. ¡Qué dilema!

“Nunca sabes lo que puede traerte la marea”, dice Chuck en una escena muy emotiva, haciéndose cargo de sus decisiones y la pérdida que trajeron consigo. La “marea” de esta época laboral de mi vida me ha permitido trabajar sin un horario demasiado estructurado. Y, al mismo tiempo, me ha entregado la opción de regalarle a mis pequeños la continuidad de la compañía de uno de sus padres, luego de 6 hermosos meses junto a mamá. Y acá escribo, desde una pausa pequeña en este inmenso desafío, para el que espero estar a la altura.

Vivimos años vertiginosos, y el tiempo se vuelve escaso para compartirlo con nuestros sueños, familia y amigos. Programar una actividad suele ser tan complejo, como agotador. Nuestro trabajo habitual nos consume mucha energía y llegamos a casa con ganas de comer algo y “meternos al sobre”. Todo esto, mientras nuestros hijos comienzan a aislarse en la tecnología, también sin ser demasiado conscientes de lo que se están perdiendo.

SIEMPRE ES TIEMPO DE SER PADRES. No importa la hora, no importa la acción. Siempre digo que mi cambio práctico favorito, llegado junto con la paternidad, ha sido contar con días más extensos. Sí, porque despertar de lunes a domingo a las 7 y acostarme a las 24, me trajo al principio cansancio, pero luego, la posibilidad de encontrar nuevos espacios para encontrarme con otros, COMENZANDO POR MI ESPOSA Y MIS HIJOS.

A pocos días de una nueva celebración para los PADRES en muchos países del mundo, mi invitación es a volver a mirar nuestra agenda personal cotidiana:

-       - Volvamos a sentarnos a cenar juntos, ojalá temprano, conversando sobre cualquier tema, riéndonos y contándonos cómo estuvo nuestro día, lo que nos pasa…Nuestras alegrías y penas.
-       - Volvamos a llegar a casa antes de que nos niños duerman, para bañarlos, acostarlos y leer un cuento junto a ellos en su cama.
-       - Volvamos a programar juntos una salida del fin de semana, en la que todos la pasemos bien…Saquémonos fotos y mirémoslas a fin de año, para recordar lo bueno que fue.
-       - Volvamos a dejar el trabajo en el horario que le corresponde y desconectémonos de problemas y dificultades que se resolverán de alguna forma al día siguiente.

Volvamos a querer ser libres de lo que nos agobia, entendiendo que el tiempo se agota; que no sabemos cuánto queda. Y que parte importante de lo que hacemos con él, DEPENDE DE NOSOTROS.

martes, 10 de abril de 2018

Ciento Nueve: La Edad de la Inocencia


Hace algunos días recibí en mi correo electrónico una invitación para participar de una charla-taller acerca de la “Confianza”. Interesante tema para una época marcada por el ejercicio completamente contrario, en el que personas y situaciones nos merecen dudas simplemente por una costumbre adquirida y extendida.

Recomendamos a otros pensar dos o tres veces antes de creer en los demás, pues más de alguna vez nos hemos sentido engañados, estafados o perdidos, por haber sido demasiado crédulos. ¿Cuántas oportunidades de ser un poco más felices, habremos perdido en la vida, basados en esta actitud?

Es tiempo de escepticismo a nivel personal, aunque paradójicamente, a nivel de masas estemos creyendo cada día más en teorías de conspiración o alternativas de salud sin sustento científico. ¿Será que necesitamos aferrarnos a algo, cuando nos hemos venido desapegando de todo?

Los niños solo conocen la confianza. No existe en su corazón tal cosa como la traición o las expectativas. Se entregan de lleno a la vida, sin analizar porcentajes o posibles consecuencias. Cuando están en brazos, los bebés hacen movimientos repentinos o violentos, sin medir consecuencias, como si supieran que sus padres siempre estarán ahí para protegerles de una caída.

Los pequeños de 8 o 9 años se encuentran en cualquier lugar: un matrimonio, un cumpleaños, una plaza, y son capaces de entablar rápidamente una relación fluida, que les permita jugar juntos y disfrutar de un rato agradable, aunque quizá no se vean nunca más…

De adultos juzgamos y prejuzgamos; ponemos condiciones; nos complicamos cuando en un lugar hay alguien que no conocemos; nos asustamos si nos habla alguien en la calle. Vivimos una permanente tensión con los demás, en que vamos calculando la dosis justa de nuestra entrega. Porque no vaya a ser que suframos una desilusión…

Qué falta nos hace volver de vez en cuando a la infancia y vivir un poco más de acuerdo a la circunstancia y menos en torno a la consecuencia. Qué ganas de estar haciendo y decidiendo desde el estómago y menos desde las malas experiencias.  Qué ganas de que, al menos por un ratito, todos volviéramos a tenernos confianza.