martes, 10 de abril de 2018

Ciento Nueve: La Edad de la Inocencia


Hace algunos días recibí en mi correo electrónico una invitación para participar de una charla-taller acerca de la “Confianza”. Interesante tema para una época marcada por el ejercicio completamente contrario, en el que personas y situaciones nos merecen dudas simplemente por una costumbre adquirida y extendida.

Recomendamos a otros pensar dos o tres veces antes de creer en los demás, pues más de alguna vez nos hemos sentido engañados, estafados o perdidos, por haber sido demasiado crédulos. ¿Cuántas oportunidades de ser un poco más felices, habremos perdido en la vida, basados en esta actitud?

Es tiempo de escepticismo a nivel personal, aunque paradójicamente, a nivel de masas estemos creyendo cada día más en teorías de conspiración o alternativas de salud sin sustento científico. ¿Será que necesitamos aferrarnos a algo, cuando nos hemos venido desapegando de todo?

Los niños solo conocen la confianza. No existe en su corazón tal cosa como la traición o las expectativas. Se entregan de lleno a la vida, sin analizar porcentajes o posibles consecuencias. Cuando están en brazos, los bebés hacen movimientos repentinos o violentos, sin medir consecuencias, como si supieran que sus padres siempre estarán ahí para protegerles de una caída.

Los pequeños de 8 o 9 años se encuentran en cualquier lugar: un matrimonio, un cumpleaños, una plaza, y son capaces de entablar rápidamente una relación fluida, que les permita jugar juntos y disfrutar de un rato agradable, aunque quizá no se vean nunca más…

De adultos juzgamos y prejuzgamos; ponemos condiciones; nos complicamos cuando en un lugar hay alguien que no conocemos; nos asustamos si nos habla alguien en la calle. Vivimos una permanente tensión con los demás, en que vamos calculando la dosis justa de nuestra entrega. Porque no vaya a ser que suframos una desilusión…

Qué falta nos hace volver de vez en cuando a la infancia y vivir un poco más de acuerdo a la circunstancia y menos en torno a la consecuencia. Qué ganas de estar haciendo y decidiendo desde el estómago y menos desde las malas experiencias.  Qué ganas de que, al menos por un ratito, todos volviéramos a tenernos confianza.

jueves, 22 de marzo de 2018

Ciento Ocho: Era un Mundo de Niños


Tengo recuerdos maravillosos de mi infancia y agradezco cada vez que puedo a mis padres, por hacerla posible. Fue una época de tantos estímulos formidables, que siempre resultará grato revivirlos en la memoria.

Recuerdo que había muchos niños en todas partes; que a todas horas estábamos jugando, sobre todo en la calle. Que imaginábamos muchas historias a partir de esas series fantásticas que veíamos en la televisión, como Los Magníficos o El Gran Héroe Americano. Que compartíamos mucho con los vecinos del barrio, sabíamos quiénes eran, entrábamos a sus casas cuando queríamos y todos ellos tenían dos o más hijos, con quienes pasábamos jugando a la pelota o andando en bicicleta.

Había en el país –no sé si en el resto del mundo- una preocupación especial por los niños, como el centro de todo. Las decisiones se tomaban en base a ellos y las parejas se proyectaban siempre desde la fecundidad. No era una cosa de esa generación solamente, sino de varias antes, que venían en la misma frecuencia. ¿Habrá sido la última la de nuestros padres (los abuelos de hoy)?

En el ahora, y muy legítimamente, muchos han ido tomando la decisión de postergar la llegada de los hijos o, simplemente, anularla dentro de su planificación. Es cuestión de los tiempos y las necesidades-deseos de estos años. Nada tiene de “malo” o de “bueno” esta tendencia, más bien se ha convertido en un elemento más dentro de un escenario nuevo, en que los llamados “millenials” se han convertido lógicamente en protagonistas, por ser la fuerza de trabajo e ideas más joven y energética.

¿Qué ha pasado con los niños? Me parece que por una razón o por otra, han pasado a un lugar secundario y hasta terciario de la vida en sociedad. De alguna manera, se ha instalado un discurso cada vez más popular que los posiciona como un “problema”, más que una “alegría”; más como una “dificultad”, y menos como una “oportunidad”.
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Con espanto vi el otro día una “noticia” multiplicada por los medios bajo el mismo título perverso de “Niño diabólico interrumpe vuelo comercial”.  ¿De qué manera un niño puede ser calificado así? ¿Por haberse comportado de manera inadecuada en un contexto supuestamente “adulto”? Todos, en algún momento de nuestro desarrollo, hicimos alguna escena similar. Todos, alguna vez fuimos niños. ¿Por qué lo hemos olvidado?

Veo mensajes en redes que rechazan la presencia de niños no solo en vuelos, sino en reuniones sociales. Personas que se quejan del hijo/a de no sé quién, que está “en una etapa difícil”, “que está insoportable”. Personas que plantean la posibilidad de “vuelos o viajes sin niños”, jóvenes que con espanto, me ven paseando junto a nuestros mellizos de tres meses, mientras piensan qué tipo de patología tengo que decidí tener tantos niños…

Es un mundo diferente, en que las grandes jugueterías se encuentran en crisis. Leo que “Toys R Us”, la cadena estadounidense, cerrará todas sus tiendas y todos se preguntan el por qué. ¿Mi hipótesis? Los juguetes siguen teniendo los mismos destinatarios: mi generación, la que supera los 35 años. Los niños de hoy, salvo estímulos particulares de padres que están muy cerca de ellos, se sienten de manera natural más atraídos por cuestiones ligadas a la tecnología: celulares, tablets, consolas.

Era un mundo de niños y ahora lo es más de adultos, porque todo cambia, y la sociedad cambió. Nosotros cambiamos. Nos volvimos más cerrados e individualistas. Nos empezó a gustar mucho el tratar con los demás lo justo y necesario. Empezamos a centrarnos más en el espejo en vez de la ventana.

Y más allá de tener o no tener niños, que es una disyuntiva respetable desde todo punto de vista, dejamos de pensar tanto en ellos y en lo que necesitan para crecer, aprender y desarrollarse de manera saludable y con esperanza. En otras palabras, quizá un tanto más dramáticas: en cierto punto, dejamos de pensar voluntariamente en el futuro.