viernes, 22 de abril de 2016

Ochenta y Nueve: Cambios Extraños

 “Yo vivía muy bien y con lujos, todo poseía…”, dice la versión latina de una clásica canción de la primera película de Toy Story. ¿A qué alude su letra? Pues al desafío que debe enfrentar Woody con la llegada de un personaje extraño e inesperado como Buzz, que desordena su posición dentro del grupo de juguetes, restándole protagonismo.

“Cambios extraños” se llama esa canción y es el resumen de lo que nos sucede cuando repentinamente nos vemos exiliados de nuestra “zona cómoda”, con la obligación de adaptarnos a un paisaje nuevo, compuesto por otras personas, otro escenario, otras costumbres.

Es lo que le pasa a mi pequeño Darío, ahora que ha dado el paso desde el Kíndergarden al Primer Grado…Y vaya si ha sido impactante para él…

Un patio enorme, en el que ya no hay solo un grupo pequeño de niños conocidos, sino que más de un centenar de niños de diversas edades, topándose los unos con los otros mientras tratan de seguirle el ritmo a su propio juego…Ha sido el primer gran impacto…

Calificaciones y "pruebas" que evalúan su avance académico, también han generado escozor en los niños. Angustia, puedo decir, en algunos. ¿Alguien está preparado, la verdad, para pasar de un estado tan natural como el del Jardín Infantil, a uno bastante más normado, como el de la Educación Básica?

Es una época para observar y monitorear pero, en ningún caso, para presionar. Es el comienzo de una relación que perdurará muchos años, entre nuestros niños y su aprendizaje. Y el anhelo de todo padre, diría yo, es que sea una relación sólida, fluida...ojalá perfecta. 

Lo cierto es que, con los días, la situación se he ido normalizando y lo que en un principio fue tan impactante, se ha convertido en algo más "parte del paisaje". Como adultos, nos pasa lo mismo con los cambios de trabajo, de casa, en los que se modifica el panorama humano alrededor, provocándonos temor e inseguridad...con la ventaja, eso sí, de que nos hemos preparado durante años, en base a la experiencia.

Con Darío, hasta acá, vamos bien. Aunque es solo el comienzo...





viernes, 12 de febrero de 2016

Ochenta y Ocho: La Suerte no Existe

Debo reconocer que me gusta mucho apostar. Lo hago muy de vez en cuando, si se da la ocasión, en casinos. Y lo hago con prudencia, sin gastar demasiado, entendiendo que se trata de una entretención y no una obsesión. Un par de veces, he ganado algo de dinero.

De vez en cuando también, apuesto a la lotería las fechas importantes de mi familia. En contadas ocasiones, he recuperado el monto de lo invertido, y siempre que juego, fantaseo con aquello que haría si se diera el caso hipotético de ganar.

Pero, la verdad sea dicha, hace rato que no creo en la suerte (si es que alguna vez lo hice). Juego porque es divertido pensar que hay cosas que pueden llegar a darse sin estar planificadas, así como cualquier cosa que hacemos de improviso, sin pensarlo demasiado.

Nunca he pensado que ganar un premio sea la “solución” a algo dentro mi vida. Soy consciente de que ese concepto que hemos llamado “suerte”, es la representación ficticia de muchas de nuestras frustraciones, incapacidades o desgano. Puede sonar duro, pero me sigue impactando cierto discurso fácil del ciudadano común, respecto de lo que no ha hecho. Y por qué no lo ha hecho. Muchas veces, “no se ha tenido fortuna”…

Los años me han convencido de que nuestras vidas no dependen de la suerte, sino de nuestras decisiones. Incluso, la decisión de apostar y ganarse un premio parte de la base de la propia voluntad. “Si no juegas, ¿cómo piensas ganar?”,  leí en una publicidad de lotería el otro día. Toda la razón…Y aplicando la misma lógica: “Si no crees que lo haces cambia tu vida, ¿cómo piensas cambiarla, entonces?

“En mi experiencia, no existe tal cosa como la suerte”, dice Obi-Wan Kenobi en el Episodio IV de la “Guerra de las Galaxias” y no puede haber un mejor punto de partida para abrir con mi hijo una conversación sobre el particular, pensando que para él este concepto es simplemente, una palabra nueva que aprender…Hasta acá, para él –y para ningún niño, lo que nos sucede no depende de la “suerte”, sino directamente de lo que hacemos.

¿En qué momento perdemos esa certeza? Bueno, lo hacemos en la medida que crecemos, vivimos y nos damos cuenta de que no siempre los deseos se corresponden con la realidad. Y buscamos responsabilidades sobre aquello que consideramos “carencia”, dado que hemos perdido la consciencia respecto a nuestro tesoro más valioso: la memoria.


martes, 26 de enero de 2016

Ochenta y Siete: Impacto Profundo

Fueron ciertas conductas puntuales –y recurrentes- de 3 o 4 niños del kínder, las que generaron un intenso movimiento de padres durante los últimos meses del año pasado. Todas, tenían que ver con una “adultización” en sus maneras de actuar, que estaban completamente desconectadas del resto de sus juegos, conversaciones y ansiedades, normales para la edad de 5-6 años.

Debo reconocer que quedé impactado, porque no estaba en mis cálculos que, como papás, debiéramos preocuparnos de este tipo de cosas tan temprano. Estaba intrigado, tenía que saber más detalles, para entender las razones (o causas) que habían llevado a niños tan pequeños a manifestarse de estas maneras.

Los niños de 5-6 años no son completamente responsables de lo que hacen. De hecho, como padres sabemos que son todo lo contrario: escasamente responsables de sus vidas, que están regidas por nuestras decisiones sobre lo que ven o no ven; por lo que escuchan y lo que no; por lo que hacen o dejan de hacer.

Los niños no toman decisiones (están en proceso de aprender a hacerlo). Y cuando dejamos de tomarlas por ellos, por las razones que sean (ausencia, falta de tiempo, conflicto de pareja, entre otras), las consecuencias son inmediatas. Los pequeños absorben todas las fuentes de información que tienen a su alcance. Y en un mundo de teléfonos inteligentes, tablets y computadores, es un riesgo que no nos podemos dar el lujo de permitir.

Darío, en esta ocasión, no fue protagonista, sino uno más de los niños “afectados”, por estas situaciones. Digo “afectados”, porque entiendo y defiendo el hecho de que protejamos todo lo que sea posible la inocencia y la mentalidad infantil de nuestros hijos. Y, claramente en este caso, un pequeño grupo ha estado influyendo sobre otro grande para que ello no se dé como los padres esperamos.

Me tranquiliza que él no haya sido protagonista en esta ocasión, pero queda latente en mi corazón la opción de que en otra ocasión lo sea. ¿Depende de él? ¿De los profesores de su Escuela? ¿De sus compañeros y sus padres?

En realidad, son múltiples los factores que pueden influir en ello. No obstante, estoy convencido de que el más importante (porque tenemos control sobre él) yace en casa, en la conversación permanente, en el cariño, en la intención y acción de compartir y discutir las fuentes de información a las que exponemos a los niños, ya sea en forma de texto, música o video. Porque, aunque algunos padres del curso minimizaron (y siguen haciéndolo), el impacto de todo esto, todo empezó con un video de reggaetón en Youtube…




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