lunes, 4 de enero de 2016

Ochenta y Seis: El Secreto de sus Ojos

Pasaron tantas cosas durante 2015. Puede que por eso, no haya sido capaz de sentarme 10 minutos, cada quincena, a escribir sobre las cosas que pasan con mi paternidad. Pero se acabaron las excusas y es tiempo de ponerse al día…cada semana…(una de las metas 2016 más exigentes, jeje)

Darío y sus seis años proveen de manera permanente una cantidad de historias que me cuesta trabajo asimilar y transformar en relato. Ahora estoy “pegado”, por ejemplo, con esa capacidad que tienen los niños de su edad para ser receptivos y acogedores con los demás, sean de la edad que sean. ¿Será que con el tiempo, y muy rápidamente, vamos perdiendo ese don natural?

Él invita; él se acerca; él pregunta…No tiene miedo ni prejuicios para acercarse a la persona que tiene más cerca para resolver sus dudas, mientras yo sigo cargando una página web en mi celular, que me entregue la respuesta que él ya obtuvo, como en los viejos tiempos, HABLANDO…

Mi hijo es el niño símbolo de una época maravillosa, el rostro inocente de esos años en que todo era posible, en que las soluciones venían rápido, en que confiábamos en las personas que nos rodeaban.  Un momento de nuestras vidas pleno en expectativas y, por lo mismo, fértil en frustraciones.

Triste es que, en vez de aprender de las frustraciones y sobre cómo superarlas, con el tiempo las vayamos incorporando como una manera de entender el mundo. Y de enfrentarlo.

Los niños están descubriendo todo, para sus ojos. Y también para los nuestros, que vuelven a enfrentarse con sensaciones y sentimientos que creíamos perdidos para siempre en esas mismas cajas en que fuimos a regalar nuestros juguetes, pensando que habíamos “crecido”. Simplemente compartir un rato con un pequeño, les mostrará cuán equivocados hemos estado desde entonces…

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Papá en Rodaje agradece el aporte de LENOVO y BBVA para sus publicaciones


viernes, 10 de julio de 2015

Ochenta y Cinco: La Magia de Creer (La Primera Copa América de Chile)

Pasó cuando salimos del estadio para el partido de Chile-Bolivia. Cinco goles a favor, cero en contra y un partido unilateral, nos dejaron una sonrisa gigante en el rostro y la sensación de que habíamos vivido una jornada memorable. Mientras bajábamos la escalera, mi pequeño de miró con los ojos llenos de luz y me dijo “papi, ¡vamos por esa copa!”.

Acostumbrado a las frustraciones futboleras, desde ese momento me dediqué -con mucho cuidado- a contener su expectativa y a explicarle, todos los días, lo difícil que era para Chile ganar la Copa América. Y la calidad de figuras de los equipos que quedaban por delante. Tuve miedo de que sufriese una desilusión grande, y es que siendo tan futbolero a esta edad, se toma los partidos muy en serio.

De hecho, lo llevé al estadio en dos partidos de la fase de grupos, pues no estaba seguro de cómo vendría el futuro para el equipo. Y no quería que lo pasáramos mal en el lugar de los hechos. Para eso, prefería verlo por TV.

Cuando Alexis Sánchez pateó el último penal y la pelota entró dando botecitos al arco de Sergio Romero, el mundo se detuvo para todos los chilenos. Un rayo atravesó de improviso nuestros corazones, como para recordarnos que estábamos frente a un momento inédito e inolvidable.

Abracé a mi hijo con tantas ganas, nos emocionamos y reímos, durante minutos que fueron eternos. “Hijo, es para ti, porque siempre creíste”, le dije. “Te lo dije papi…¡ahora somos campeones!”, me respondió, rebosante de felicidad.

Ha pasado casi una semana, pero el momento sigue ahí, latente, en mi memoria. También las lecciones de mi hijo, una vez más, al no creer en los condicionamientos de la historia, ni en paradigma alguno. Su ilusión siempre vuela libre, ilimitada, y no conoce de imposibles, tal como lo fue para nosotros alguna vez.


Mi misión, nuevamente, es recuperar un porcentaje de ese ímpetu. Volver a creer con aquello que parece más complicado de lograr…desprenderme de prejuicios y desde la inocencia perdida, pensar que el futuro está ahí, esperando convertirse en algo muy parecido a mis sueños. Depende de mí.

viernes, 22 de mayo de 2015

Ochenta y Cuatro: Seis

El tiempo pasa, es inevitable. Pero siempre pasa de la manera que nosotros decidimos que ocurra. Seis años después del nacimiento de Darío, es grandioso contar con la lucidez suficiente para valorar el crecimiento de esta etapa, que me ha convertido en una persona mucho mejor de la que creo que era entonces.

Poco sabía sobre paternidad, más allá de las ganas que siempre conservé, de tener hijos. Quizá hoy no sepa mucho más que entonces, pero sí soy mucho más consciente de mis limitaciones; mis ignorancias y de las características dinámicas que tiene la crianza.

Han sido 6 años intensos, vertiginosos. Seis años de errores y aciertos. De una etapa para atesorar por siempre en mi memoria, por los colores con que se pintó mi existencia. Casi como pasar desde un televisor tradicional a uno de ultra definición, como los que no existían cuando yo mismo era un niño…

¡Qué complejo es el paso repentino de “aprendiz” a “mentor”! Sobre todo, cuando uno sigue sintiéndose como lo primero…Y no es que nos quedemos “anclados” en una época anterior…es más bien la dificultad de entender cuál es el momento exacto en que debemos modificar el rol que estamos desempeñando, y comportarnos de manera de responder a las exigencias de una persona que recién conoce el mundo.

He disfrutado una enormidad estos 6 años. Tanto, como para decir que ha sido la etapa más “luminosa” de mi vida. Aprender a ser padre me ha hecho, incluso,  mejor esposo y mejor hijo.

Cambian las perspectivas, las jerarquías. Un hijo relativiza puntos de vista y consolida otros. Abre las ventanas, de par en par, hacia la memoria: nos obliga de golpe, a recordar y analizar ¿qué tanto nos parecemos al adulto que queríamos ser cuando niños?


Y solo nosotros tenemos las respuestas para ese tipo de preguntas…